Autor de tesis. Abascal Fuentes, Juan

Permanencia y Vigencia de las Formas y Principios Barrocos en los Escultores Imagineros Sevillanos del Siglo XX.
Todo artista y sin duda entre ellos el escultor, suele sentirse motivado por las constantes del arte propias del grupo étnico a que pertenece, encontrándonos que en Andalucía estas constantes siempre tuvieron profundas raíces religiosas, como se evidencia al estudiar la temática de sus manifestaciones artísticas, desde los tiempos más remotos. Estas raíces, a través de la historia, siempre dieron magnífico fruto, y si en algunos periodos llega conocer momentos de decadencia, causada por influencias extrañas de cualquier tipo, pronto renacen con ímpetu y nueva vitalidad, creciendo hasta alcanzar las más altas y estimables cotas artísticas. En Sevilla, la influencia de la tradición de la madera tallada, estofada, con la riqueza del oro y el policromado, que desde el auge alcanzado en el periodo gótico, culmina con la realización del singularísimo y monumental retablo del tempo Catedral, se verá continuada por el torrente impetuoso que la Contrarreforma provoca, con la aparición del culto público, fuera del propio templo, que lleva las imágenes a la calle, y hace de ésta una prolongación de las iglesias y oratorios donde cotidiana-mente se veneran, rodeándolas del fervor popular. Esta circunstancia influye, sin duda, en los artistas locales, que participan en los mismos sentimiento religiosos del pueblo y que, por ello, vuelcan en la realización de su obra, todo su espíritu, comunicándose con toda naturalidad, artista y pueblo, por medio de estas imágenes, que con su belleza y expresividad hacen vibrar de emoción, aún hoy día, al pueblo sevillano, al encontrar en la calle de la ciudad estas imágenes que le hacen el Gran Drama Redentor. A partir del siglo XVI, la concreción de la celebración religiosa de la Semana Santa, sustituyendo las representaciones sacras de la Pasión hechas por actores, por el desfile procesional en la calle, de las escenas del Viacrucis, en grupos escultóricos, en los clásicos “pasos”, caló hondo en la sensibilidad del sevillano, pues estas imágenes le sirvieron después durante todo el año, como objeto de su devoción a Jesús Redentor y la Santísima Virgen, venerados bajo las más diversas advocaciones en Iglesias Parroquiales o en pequeñas capillas propias de las Hermandades. Es pues un hecho, que coinciden en este momento en Andalucía, y por ende en Sevilla, una serie de factores materiales y formales y otros psicológicos y ambientales, que van a dar por resultado el gran auge de la estructura de temática religiosa, tallada en madera y policromada, y que floreciendo en los siglos XVII y XVIII, naturalmente toma los elementos formales del estilo barroco imperante en Europa, aunque con peculiares caracteres autóctonos e incorporando al mismo toda una tradición, de aunar forma  y color, que buscaba ya un naturalismo integral, que recogen los escultores andaluces del XVII del ejemplo de sus grandes retablos góticos y que de ahí en adelante será ya una constante en la escultura religiosa sevillana y llegará a nuestros días, con una vitalidad y pujanza, que hace que cuando en el siglo XX, en el resto de Europa, e incluso en otras regiones de España el artista Escultor-Imaginero va resultando ya casi una pieza de museo, en Sevilla se encuentre una continuidad en la nómina de estos profesionales, que mantienen las características fundamentales de los grandes maestros del pasado, aportando nuevos matices y enriqueciendo una tradición, viva, y siempre conectada con la sensibilidad de un pueblo, que también ha sabido conservar las constantes de sus profundas raíces religiosas. En Sevilla no es difícil encontrar en nuestro siglo, desde su inicio hasta el momento actual, escultores de primera fila, con una gran formación técnica y un cabal conocimiento del oficio, reconocidos en el ámbito nacional y distinguidos en certámenes europeos con el reconocimientos oficial de críticos y jurados, que al trabajar en su tierra de origen y para satisfacer la demanda de sus paisanos, han realizado una obra tallada en madera y ricamente policromada, con la que han satisfecho esta demanda del pueblo andaluz, representado en su colectividades religiosas por Hermandades y Cofradías, constituidas fundamentalmente con el fin de dar culto a las Imágenes de Cristo, de la Virgen María y de los Santos. Si analizamos esta obra imaginería de los escultores sevillanos contemporáneos, lo primero que observamos es que en la misma se aúnan “dignidad, unción sagrada y sentido estético de caracteres universales”, requisitos indispensables para que el objeto de arte sea no solo apto, sino digno de la función a que se le destina. La explicación de la permanencia de constantes barrocas tradicionales en los materiales utilizados –madera tallada y policromada- y de la vigencia de estas formas, propias de la escuela andaluza, de imaginería, a las que se reconoce universalmente un gran valor artístico, la encontramos en que para el católico sevillano, -contra lo que un observador superficial pudiera creer, la Imagen Sagrada es, también hoy día, respetada y venerada, con un sentido completamente desprovisto de de idolatría, -precisamente este sentido idolátrico lo encontramos muy acentuado en religiones pobres en escultura religiosa -  en que por otra parte el temperamento sevillano es el propio de un pueblo del mediodía europeo, con un entroncamiento en la cultura clásica mediterránea que desdeña el pensamiento abstracto y aúna las formas corpóreas. La Imagen, de una definida plasticidad lleva a la compresión de las ideas puras, según el pensamiento de Platón, y así lo entendieron los griegos procurando que sus escultores crearan estatuas al para realistas e idealizadas, con cuya plasticidad el artista idealiza la realidad, o sea, expresa sus “ideas” a través de la interpretación plástica de las formas reales. Frente a la opinión que, con una explicación puramente económica del acontecer histórico, sostiene que el mantenimiento de unas formas barrocas en el art escultórico andaluz, más allá del momento histórico que las limita en el resto de Europa, obedece a causas sociológicas externas de índole puramente material y son consecuencia del subdesarrollo económico y cultural de esta región, entendemos que es más cierto que estas formas barrocas imponen su continuidad en Andalucía por la especial idiosincrasia, por la “manera de ser” de este pueblo andaluz que encontró y sigue encontrando en el “barroquismo” de las formas la mejor y más fiel expresión de sus sentimientos religiosos. Si, en el lenguaje hablado, Andalucía se caracteriza y diferencia de otras regiones, en el empleo afortunado de la metáfora, si la riqueza de imaginación de sus individuos, le lleva a  la mayor expresividad y aún a la exageración en su charla coloquial, que de extraño es, que habiendo encontrado en las formas escultóricas barrocas, a expresividad exagerada de su Imaginería polícroma, con sus notas destacadas de realismo idealizado, conseguida por la feliz conjunción de forma y color en los siglos XVII y XVIII, lo que satisface con generosidad su gusto por la Belleza formal y la profundidad expresiva, los artistas sevillanos hayan perpetuado las formas barrocas en sus obras de los siglos XIX y XX, sin que por ello se sirvan de estas formas como de una envoltura huera de contenido, sino por el contrario, utilizando estas formas con la naturalidad de un lenguaje materno y castizo con el que poder entablar un dialogo con el espectador –el pueblo andaluz- que recibe y capta, directa y espontáneamente, el mensaje espiritual del artista. Suscribimos la afirmación del profesor Bonet Corre de que “el barroco aún sigue configurando las manifestaciones de la Andalucía contemporánea tanto colectivas (procesiones, rogativas, sermones, reuniones amistosas y relaciones familiares) como individualmente”. Como dice el mismo autor, “el barroco prendió fuerte en la Andalucía popular” y estimamos que por ello los escultores sevillanos del siglo XX, formando parte de ese mismo pueblo andaluz, y por tanto, llevando en su tradición espiritual y cultural “fuertemente prendido” el barroco, al realizar esculturas de temática religiosa, para ese pueblo, que las necesita como motivación para la oración cantada de la “saeta”, espontáneamente y con toda naturalidad, continúan utilizando las formas barrocas, a las que siguen dando vida y emoción, incrementado el tesoro inigualable de su estatuaria religiosa con logros muy destacados que desde Sevilla se proyectan hacia otras provincias andaluzas y otras regiones españolas y a veces hasta los países hispano de allende los mares. La finalidad de este trabajo es poner de relieve que cuando en el Siglo XIX europeo se va perdiendo paulatinamente esta actitud del escultor ante la temática religiosa, que se ve menospreciada por la intelectualidad de la sociedad decimonónica ante la aparición y el auge de unas filosofías puramente laicas, que motivan la aparición de los temas “sociales” en la escultura, y que lleva anejo la corriente de naturalismo fotográfico, por otra parte –tan antiescultórico en sí mismo-, en la “escultura oficial” de concurso y exposiciones nacionales e internacionales, en Sevilla, la tradición imaginería, sigue dando frutos muy estimables, si no con la abundancia de los dos siglos anteriores, si con escultores bien dotados que logran obras de una sensibilidad exquisita, que se incorporan por derecho propio al tesoro artístico de las Hermandades sevillanas. Así, basta con recordar la dinastía de los Astorga –Juan el padre, y tras –el su hijo Gabriel y el nieto del mismo nombre que, con Blas Molner mantienen en Sevilla la dignidad artística de la escultura religiosa, en el siglo XIX, recogiendo la herencia de los pasados siglos en cuanto a técnicas de la madera policromada y equilibrio artístico preciso entre realidad e idealismo, al tratar esta especial temática de la imagen destinada al culto católico. Ya en este momento han desaparecido en Europa los grandes talleres artísticos, y ha ocurrido el cambio de mentalidad social que hace abandonar al artistas europeo la temática religiosa, por lo que, cuando esporádicamente, alguno de ellos representa las figuras iconográficas del santoral católico, lo hace con representaciones que caen en la más grosera vulgaridad o en el más ñoño amaneramiento, al haber perdido el profundo sentido religioso y el equilibrio preciso entre las dos tensiones fundamentales en este tipo de representación, entre realidad e idealismo. Los talleres industriales invaden, con modelos fríos y decadentes, las iglesias y aún las españolas por lo que es más aún más patente la excepcionalidad del comportamiento de los escultores de Sevilla, que entre el fin del siglo XIX y comienzos del XX, sin ignorar las nuevas corrientes de la escultura “oficial” europea, ya que algunos concurren a certámenes nacionales e internacionales, y obtienen el reconocimiento de la crítica y del público europeo haciendo escultura “laica”, conforme a los cánones de las corrientes artísticas del momento, pero cuando continúan trabajando para Sevilla, para sus ciudadanos, no desdeñan recoger la rica herencia de los imagineros que los precedieron y que, sin duda es en ellos una vivencia natural, una sensibilidad artística que desde su infancia está en contacto directo con las joyas barrocas de las iglesias sevillanas de la Santa Caridad, de las parroquias de El Divino Salvador o la Magdalena, por no citar más que alguno de estos nombres, como representantes del innumerable tesoro que encierran las innumerables iglesias parroquiales, y conventuales de la ciudad, no puede menor de asimilar naturalmente la enseñanza directa de esta ingente obra que hace de Sevilla un inmenso Museo. Por ello vamos a destacar la personalidad y los aspectos de la obra de algunos de los escultores contemporáneos, cuya vida y obra puede encajar en la primera mitad del nuestro siglo, en los que hemos observado que sin, carecer de una definida personalidad, se mantienen unas constantes técnicas formales que hacen que podamos ver en ellos unos continuadores de la Escuela Andaluza de Imaginería.